Soy Hannah Szmukler, tengo 36 años. Nací en Brasil, crecí en Argentina y desde hace seis años vivo en Costa Rica, tierra donde encontré un nuevo hogar para seguir sembrando mi camino de vida.
Mi recorrido formativo ha sido diverso e integrado. Estudié Artes Visuales, Expresión Corporal, Educación Popular, Educación Biocéntrica, Pedagogías críticas, Alquimia Vegetal, Astrología, Ginecología Autogestiva y Agricultura Orgánica. Pero es la Biodanza la que ha nutrido más profundamente mi vida. Comencé a practicarla a los 17 años y me formé como facilitadora en la Escuela de Biodanza de Buenos Aires, en Argentina, dirigida por Raúl Terrén y Verónica Toro. Tuve además la dicha de tomar clases, talleres y módulos con Rolando Toro Araneda, fundador del sistema, entre otros referentes.
Soy facilitadora didacta de Biodanza y, desde 2011, acompaño procesos de integración humana en clases semanales, talleres de profundización y en escuelas de formación para facilitadores, en diferentes lugares del mundo.
Biodanza es, para mí, una fuente inagotable de coraje, sensibilidad y transformación. Me ayuda a sanar vínculos, a repensar mis relaciones, a iniciar nuevos proyectos desde el deseo genuino. Gracias a Biodanza, he conocido personas que me renuevan el alma y me recuerdan que la vida es una danza compartida. Es también un hogar cada ronda alrededor del mundo: un espacio amable al que siempre puedo volver a repararme y continuar creciendo.
Desde mi historia personal y el acompañamiento a cientos de personas en estos años, he constatado cuán profundo es el desconocimiento que tenemos sobre nuestros cuerpos, afectos y mundos interiores. Esta desconexión ha sido promovida por sistemas que buscan controlar la vida a través del miedo, la fragmentación y la desinformación: desde la industria farmacéutica hasta los estereotipos culturales. Creo que recuperar nuestros cuerpos es recuperar nuestras vidas.
Mi sueño es expandir el cuido, la ternura, la salud y la consciencia desde el movimiento sentido, la integración afectiva y el cultivo de comunidad, para generar una cultura más amorosa, creativa y vital. Anhelo un mundo donde podamos nutrirnos entre todas y todos, atendiendo al llamado de la vida, danzando entre lo íntimo y lo comunitario.